Mi esposo, Dean Skylar, me compró ropa interior después de su diagnóstico de cáncer de próstata. Fue un acto de esperanza que indicaba que deseaba preservar nuestra vida sexual durante lo que sabíamos que serían épocas difíciles.
Después del cáncer de la piel, el cáncer de próstata es el tipo más frecuente para hombres estadounidenses. Ese trastorno se detecta mediante una prueba de sangre para determinar el nivel de antígenos prostáticos específicos (APE). Si se detecta en forma temprana, el tratamiento podría ser simplemente un monitoreo activo. Si el cáncer se encuentra exclusivamente en la próstata, podría recomendarse una prostatectomía para remover la próstata y el tejido adyacente.
En el caso de Dean, el cáncer se había propagado y le diagnosticaron cáncer metastásico de etapa 4. Su tratamiento fue una castración química y su esperanza de vida era de cinco años.
De repente, nuestras vidas cambiaron dramáticamente. Tuvimos que lidiar con una nota necrológica así como con el posible fin de nuestra vida sexual.
Un diagnóstico de cáncer de próstata afecta la vida de una pareja en formas significativas. No se habla ampliamente de cómo ese trastorno causa la pérdida de sexualidad relacionada con terapias hormonales. Tu oncólogo proporcionará información sobre fármacos y tratamientos para combatir ese trastorno, pero las conversaciones sobre las relaciones sexuales son incómodas y escasas.
Mientras ambos pelean por su vida, él está perdiendo lo que probablemente consideraba esencial, su sexualidad. No solo que pierde la capacidad para tener una erección; también pierde su libido. Y posiblemente su pareja necesite más que un camisón de seda negro para sentirse sexi otra vez.
Si bien Dean recibió ese diagnóstico hace cuatro años, fue esencial para su bienestar que preservemos nuestra intimidad. Tratamos de prepararnos para los cambios físicos y emocionales. Los fármacos que le dieron eliminaron su testosterona, la cual estimula ese cáncer. La terapia de privación androgénica también redujo su tono muscular y causó aumento de peso, bochornos, dificultad para concentrarse y fatiga.
Mi hombre seguro que jugaba tenis, que levantaba pesas y que amaba el sexo sintió que le castraron. El malestar psicológico que esto causó fue debilitante al inicio. Hicimos investigaciones sobre este trastorno. Cambiamos nuestros patrones de ejercicio, dieta e intimidad para adaptarnos a las limitaciones físicas.
Dean y Christine, en su aniversario, 2025
Encontramos ayuda de grupos de apoyo prostático, organizaciones de asistencia oncológica y terapeutas. Descubrimos grupos virtuales en Facebook así como terapias grupales presenciales que proporcionaron consejos útiles. Ya sabíamos que las relaciones sexuales no eran la única forma de intimidad. Los genitales no son el único método para tener experiencias eróticas.
Algunas personas de nuestros grupos tuvieron éxito con el uso de dispositivos de vacío para problemas de erección o bombas para pene, que usan succión para trasladar sangre al pene. Pueden usarse con fármacos tales como viagra. Terminamos riéndonos de cómo fracasamos cuando lo intentamos y acusé a Dean de comprar uno barato. Otras personas sugirieron implantes de pene, una opción quirúrgica que puede ser cara y que no necesariamente la cubren los seguros.
También hay terapias inyectables para el pene, mediante las cuales se inyectan fármacos en el pene con una jeringa. Varias de estas opciones nos parecieron intimidantes y dolorosas. Ya estábamos lidiando con inyecciones de fármacos para su tratamiento y cirugías parecían demasiado considerando su diagnóstico potencialmente mortal.
Escogimos tocarnos. Nos cogíamos de la mano, nos besábamos, nos acariciábamos y nos dábamos masajes. Cuando tomaba siestas, leía a su lado. Veía sus programas favoritos de televisión con él y comía lo que él tenía ganas de comer. Me sincronicé con él.
Él monitoreaba nuestros momentos íntimos. Puesto que ya no tenía impulsos sexuales, daba seguimiento a un calendario en la pared en el que yo registraba con un lápiz un corazón cuando él me hacía el amor. Le indique mi deseo de encender velas, de reproducir “nuestras” canciones en Sonos o de bañarnos juntos.
Siempre un amante generoso, respondía a mis invitaciones con una sonrisa. A medida que lidiábamos con las varias etapas de su enfermedad, quería asegurarme de que nunca se sienta solo y esperaba que nuestra relación se volviera cada vez más estrecha. Hablábamos de todo.
Cuando se sentía débil, yo realizaba tareas físicas para él que nunca había hecho antes. En cuanto tuvo problemas para alcanzar los dedos de sus pies, empecé a cortar sus uñas. Cuando se cansó de afeitarse, yo le recortaba la barba. Arreglaba sus cejas y removía pelos de su nariz. Me mantenía de pie al lado de la ducha cuando se aseaba; le secaba con una toalla cuando salía.
Su piel seguía siendo suave porque le daba masajes con una loción todos los días. Sus doctores y enfermeras siempre hablaban de eso.
Optamos por atención domiciliaria de cuidados paliativos porque quería cuidarle hasta el final. Dormía en el sofá al lado de su cama en el hospital A veces traía mi almohada conmigo y le pedía que se mueva un poco para poder acurrucarme con él.
Siempre me decía que le daba mucha pena que yo atravesara esto por él. Yo insistía en que era afortunada por haber compartido mi vida con él como amiga, amante y esposa. Le decía repetitivamente que le extrañaría cada segundo del resto de mi vida y sé que eso es verdad.
Él murió el 20 de julio. Estuvimos preparados para sus últimos respiros.
Siempre estaré agradecida de haberlo sostenido en mis brazos durante sus últimos momentos. Susurré que le amaba. Desde que eso ocurrió, mantuve recordatorios cerca de mí. Usó su anillo de matrimonio como un pendiente y usó su bata de felpa roja antes de ir a la cama. Mi calendario electrónico despliega sus fotos y a veces leo los mensajes que me enviaba en mi teléfono.
Sus cenizas están en una urna plateada sobre la mesa de centro con una inscripción de las iniciales DS y CL. Mi cenizas estarán con las de él algún día. Nuestros hijos tienen las instrucciones de dejarlas caer desde el puente Ponte Vecchio en Florencia, donde tuvimos una vacación romántica hace casi 20 años. Sin embargo, ese viaje que tomamos hace décadas no es lo que más recuerdo estos días. Son todos los momentos pequeños que pasamos juntos durante los últimos cuatro años, lidiando con un trastorno devastador. Nuestra intimidad nunca terminó; solo aumentó tal como lo hizo nuestro amor.
Este recurso educativo se preparó con el apoyo de Bayer.
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